¿Debería consumir drogas para entender a una persona que las usa?

Hace poco, un amigo me preguntó si estaba interesado en consumir cierta sustancia psicoactiva que él viene usando; cuando le dije que no, su respetuosa afirmación: “lo comprendo”, estuvo acompañada de la siguiente pregunta: “Usted estudia e interviene sobre este fenómeno, ¿no le parece conveniente consumir esta sustancia para que conozca, de primera mano, lo que experimenta un consumidor?

Es común que quien consume sustancias psicoactivas, plantee, con mucha razón, esta pregunta. Así que he tenido muchas oportunidades para practicar la respuesta: No, no es necesario que yo use una sustancia psicoactiva  para comprender la experiencia de alguien que la consume.

Sé que muchos colegas se han encontrado con otras versiones de esta pregunta en sus respectivos campos: ¿Puede asesorarme sobre cómo criar a mis hijos, usted, que no es padre?, ¿Puede hablarme de mis relaciones conyugales, usted, que no está casada?; en mi caso, ¿puede hablarme sobre el consumo de marihuana, usted, que no la consume? Así que decido compartir los cuatro argumentos que más frecuentemente acompañan a mi respuesta.  

 

  1. Aunque consuma, no podría tener, exactamente, la misma experiencia del consumidor.

¿Recuerdas la foto que se viralizó en redes sociales en el 2015, que mostraba un vestido, el cual algunas personas veían como azul y negro, y otras como azul y dorado? Lo que señalan este tipo de imágenes es que, frente a los mismos objetos, todos tenemos experiencias que, aunque similares, son diferentes (en este video encuentras una explicación científica de la foto).

En últimas, esto implica que, si quiero conocer exactamente cómo es la experiencia de otra persona, tendría que ser esa persona. Eso es imposible, así que nunca voy a conocer, con toda exactitud, cómo es su experiencia. Así pues, es imposible “replicar” en mí, la experiencia de intoxicación que otra persona tiene, por lo tanto, no veo necesario usar la sustancia.

Ante este argumento, mi amigo podría responder: “No digo que debería usted tener exactamente la misma experiencia que yo tengo, porque, estoy de acuerdo, es imposible; pero sí creo que podría experimentar algo que se le acerque y esto favorecerá su comprensión”. Aquí se pone interesante el diálogo,  así que continuemos con nuestro siguiente argumento, que funciona como respuesta a mi amigo.

 

  1. Las experiencias personales frecuentemente son engañosas.

La experiencia directa es un medio de conocimiento muy útil, pero no es tan confiable como a menudo creemos; esa es la razón por la que existe la ciencia y el método científico.

¿Durante cuánto tiempo pensamos, como humanidad, que la tierra era plana o que el sol giraba alrededor de nuestro planeta? La experiencia directa así lo sugería, pero la ciencia terminó mostrando que nuestros sentidos nos habían desorientado.

Lo mismo puede ocurrir respecto al consumo de sustancias psicoactivas ¿Qué tan comprehensivas, qué tan precisas pueden ser mis conclusiones derivadas de una intoxicación con la sustancia?, ¿serán superiores a la experiencia y evidencia científicas acumuladas durante una buena cantidad de tiempo? Me parece que no, por lo tanto, concluyo que la experiencia directa del efecto de la sustancia no es un medio de conocimiento confiable.

Frente a este argumento, mi amigo podría decirme: “Plantea usted una posición en extremo cientificista, desde la cual desprecia el valor de la experiencia”. Al respecto, sería útil plantear el tercer argumento:

  1. Todos tenemos una experiencia muy directa de lo que implica ser consumidor:

Todos somos consumidores de algún producto: ropa, alimentos, electrodomésticos, redes sociales, juegos en línea, etc. En ese sentido, compartimos esa misma experiencia: la curiosidad y la expectativa por adquirir el producto, el placer al usarlo, el aburrimiento al hacerlo cotidiano acompañado del dolor de su posible pérdida, la lucha por no perderlo acompañada de la intención de dejarlo; al final el aburrimiento y el mismo ciclo infinito de consumo que mantiene rodando a estas y a futuras maquinarias sociales. Así pues, ya conozco la experiencia de un consumidor; para mí, son ejemplo suficiente el café y el parchís. No veo el valor agregado de consumir la sustancia.

Mi agudo amigo podría entonces responderme ¿Ya ve cuán importante es la experiencia directa? Estamos de acuerdo en que me comprendería mejor usted, que un hipotético extraterrestre que no sabe nada de lo que es ser un consumidor. 

Aquí es importante mi argumento final:

  1. En lo que a mí compete, la experiencia que más debería conocer es aquella que promuevo.

Tengo la experiencia de consumir, y puedo hacer uso del conocimiento que pone la ciencia a mi disposición; esto es suficiente para comprender al consumo y hacer algo útil con esa comprensión. Sin embargo, hay otro elemento que me diferencia como profesional en este campo: busco promover estilos de vida alternativos, especialmente para las personas que han desarrollado problemas relacionados con el uso de drogas.

Desde el rol que cumplo es igual, o más importante, conocer de primera mano aquellas experiencias que promuevo: los estilos de vida saludables, la satisfacción con las decisiones que tomo y el sentido que asigno a cada una de mis conductas. Esto que promuevo, lo conozco más fácilmente cuando no consumo sustancias psicoactivas.

Los anteriores argumentos no buscan establecer una moraleja; no pretenden definir si las drogas son “buenas” o “malas” en algún sentido. Esa es una forma equivocada de comprender a estas sustancias. Por el contrario, propongo una aproximación según la cual examinamos si el consumo de drogas es útil para un fin determinado. Simplemente nos preguntamos si es útil consumir una sustancia para comprender la experiencia de las personas que la usan, y la respuesta fue que no. El examen de la utilidad del uso de drogas para otros fines lo dejaremos para artículos posteriores.

 

Carlos Humberto Vélez Ocampo
Magíster en psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México, Psicólogo egresado de la Universidad de Antioquia

Carácter Académico: Institución Universitaria. Personería Jurídica por Resolución 18537 del 4 de noviembre de 1981 del Ministerio de Educación Nacional. Institución de Educación Superior sujeta a inspección y vigilancia por el Ministerio de Educación Nacional (Art. 2.5.3.2.10.2, Decreto 1075 de 2015). Vigilada Mineducación.