Discurso Recepción Doctorado Honoris Causa a Carmen Luciano Fundación Universitaria Konrad Lorenz
Publicado: el 19 diciembre, 2025 por Camilo Malaver / Konrad Lorenz
19 Noviembre 2025
Buenas tardes, Presidenta, Rector, Autoridades académicas, los aquí presentes, compañeros, y todos los que aun estando a muchísimos kilómetros, están presentes para mí.
Con su permiso. Es un honor estar aquí y hacerlo para recibir el reconocimiento de esta noble institución. Es obligado principiar mi discurso agradeciendo a todos y cada uno de sus representantes la concesión de esta distinción.
Como veterana académica y conocedora del ámbito docente e investigador en nuestra querida disciplina, permítanme decirles que tengo por un sentimiento justo y veraz la relevancia alcanzada por esta Centro Universitario surgido hace ahora 44 años. Su nombre la delata como una Institución universitaria nacida con el firme propósito de una docencia e investigación de excelencia, de abrir caminos al conocimiento humano, con su mantenida y fomentada prioridad en el Análisis de la Conducta. Permítanme darles mi enhorabuena por esos años ya cumplidos en esa línea, y mi ferviente deseo para que sólo sean el preludio de muchos más.
Cuando me informaron de la concesión de este título de Doctor Honoris Causa noté un sorpresiva y extraña sensación. Me pregunté el porqué. Es como si no fuera algo en el horizonte de personas que hemos sostenido un modo de mirar al comportamiento, saltando obstáculos, casi todos los días, pero perseverantes en la motivación por aprehender la naturaleza humana y no cejar ante las presiones y convenciones seculares. Me consta que parte del acervo esencial de esta universidad es su interés por la conducta humana, y eso conecta con mi historia personal. Entonces, me di una respuesta a mí misma.
Recibo este doctorado con humildad y también cierto orgullo. Me trae el recuerdo de los numerosos momentos de alegría, entusiasmo, frustración y, finalmente, gran satisfacción por el recorrido vivenciado. Un recorrido que continúa a otro ritmo, pero similar música
Recibo este título con gran gratitud y con la conciencia firme de ser solo un punto en el que confluyeron numerosos factores. Por ello, este título lo ubico en el contexto de las personas que han formado parte del recorrido que aquí se ha valorado. Desde mi familia a todos los estudiantes de licenciatura y doctorado que estuvieron por ahí y, sin duda, los colegas académicos y sus escritos, y los numerosos clientes y profesionales.
¿Y cuál es ese recorrido? Lo que estoy diciendo es algo presente pero no está solo. Está conectado a mi historia como un pack imposible de dividir. Es mi coherencia, una coherencia que refleja cómo aprendí a enmarcar los acontecimientos que lo fueron para mí. Son los contenidos, formando clusters de ideas, emociones, motivaciones y acciones. Son contenidos formados ineludiblemente en conexión con las personas con las que interactué.
Es un recorrido repleto de cambios que producían variabilidad, que como si de tormentas o pequeños terremotos trataran, rompían la estabilidad que busca la coherencia de uno. Y es maravilloso que lo hicieran, porque sin esa variabilidad, nuevas acciones no hubieran sido seleccionadas, retenidas, y así hasta subsiguientes cambios y ulterior variabilidad. Sin ello, la evolución, para bien o para mal, no nos hubiera traído hasta aquí.
La conducta científica es conducta humana y forma la ciencia. No es conducta de niños sino de personas crecidas con las coherencias establecidas en su historia, con sus ideas sobre las cosas y sus motivaciones en cada caso: miedos, egos…, amor, pasión por conocer, por curiosear, por explicar, por cambiar…
Así, ninguna conducta está suelta, siempre está unida a la historia personal. En el fondo, nada viene de nada. Cualquier cosa, la conducta también, se sostiene o mantiene en algo… Y todo ocurre en el contexto de otros, presentes y ausentes…
Ustedes, estimados e ilustres colegas, me han dado la oportunidad de girar mi atención hacia páginas del libro de mi vida, de la serie documental que es la vida, con diferentes temporadas, capítulos, y episodios específicos. Con su permiso, voy a compartir algunos y llegar al punto donde muchos elementos, que pudieron ser tomados como dispersos o diferentes, en realidad tenían un hilo transversal.
Mis recuerdos me llevan a mis padres, mis hermanos, y mi colegio. Verlo en retrospectiva me ofrece muchas claves de las tendencias y patrones que se van forjando en uno. La curiosidad, preguntar y aprender, se fueron generando unidos a ciertas dosis de rebeldía con las normas y las conductas propias de la época que me tocó vivir.
A lo largo de esas páginas, he podido vislumbrar la perspectiva del inicio al ahora y ello me lleva a que, sin saber cómo, el interés por conductas distintas me condujo en diversos momentos a conectar puntos, a identificar propiedades funcionales comunes. Así, más allá de la especialización y de la variabilidad (con frecuencia, claros obstáculos para vislumbrar un abanico común), muchos puntos sueltos comenzaron a conexionarse.
De ese modo, se fue formando una especie de árbol, como metáfora, con muchas ramas, un gran tronco que las sostiene, y la savia que corre desde las raíces, de arriba abajo, a todas sus partes. Esa savia es la conceptuación funcional.
Mi interés por la conducta sobrevino por razones prácticas: quería entender cómo se enseñaba lenguaje cuando no surgía en las condiciones naturales, como era el caso de mi hermana pequeña.
En los años setenta, la enseñanza del lenguaje se orientaba a enseñar las conductas que se denominaban “prerrequisitas”, entre ellas, conductas de atención y reducir aquellas que eran incompatibles para aprender a nombrar, a pedir, o sea, tactos, mandos, intraverbales, etcétera. Sin embargo, había un notable estancamiento. No lográbamos que los niños produjeran más contenidos que los que se enseñaban directamente… Algo faltaba en lo que hacíamos.
La obtención de una beca post-doctoral Fulbright marcó un antes y un después en mi formación. Me llevó a Boston, a conocer y poder trabajar con clásicos del análisis de conducta. Pasé de trabajar con palomas, de niños a palomas, con el fin de estudiar la interconexión de repertorios y la solución de problemas, el insight, al hilo de los últimos trabajos de B.F. Skinner con Lanza y Epstein. ¿Qué pasó? Pues que no hubo insight, que no ocurrió, que no podía ocurrir, pero sí paso otra cosa y ello abrió las puertas, de par en par, para mirar a otros sitios donde se dieran las conductas complejas que no sabíamos abordar, que no podíamos abordar con las palomas.
En ese periodo, un colaborador de Murray Sidman, puso en mis manos un estudio sobre relaciones de equivalencia, basado en el estudio original de Sidman de años previos, y poco aprovechado hasta entonces. Al leerlo, sentí algo raro, como si pasáramos una línea, como si pudiéramos atravesar el Rubicón. Al leerlo, mis estudios sobre conducta intraverbal emergieron de sopetón, en particular para entender la emergencia de intraverbales novedosas, o sea, aquellas que no habíamos entrenado y que surgieron en algunos de los chicos. El orden surgió ahí pero también de la mano de innumerables preguntas sin respuesta: ¿cómo era posible la emergencia conductual, la generatividad del lenguaje humano?.
Aquel periodo marcó el camino de un modo más severo de lo que yo era consciente en aquella época.
A mi vuelta a la Universidad de Granada, a finales de 1986, me centré en las condiciones que generan novedad y comportamiento emergente. Fueron tesis emocionantes: sobre la emergencia de equivalencia, sobre «decir-hacer-decir», sobre (in)sensibilidad a la contingencia; focos y objetivos centrados, casi todos, en el análisis de las reglas y en la emergencia conductual. Al final, el hilo conductor quedó claro: teníamos que explorar las condiciones que formaban las reglas, el impacto que tenían sobre lo que se hacía, y viceversa. Recuerdo el escepticismo cuando intentamos generar cambios en conductas problemáticas en niños con severas limitaciones, a través del procedimiento say-do-say en vez de manejar múltiples contingencias. No ocurrió, no pudo ser, pero sí abrió el escenario a investigar las condiciones en las que podíamos enseñar a esos niños a decir lo que iban a hacer en un momento y llevar esa conducta a otro momento de modo que sirviera de control para hacerlo. Es más, para que, en otro momento, se relacionase lo que se dijo que se iba a hacer, lo que habían hecho, y la relación entre ellas en términos de correspondencia, o no correspondencia, entre decir y hacer. Fue un trabajo minucioso, repleto, sin saberlo entonces, de relaciones deícticas y enmarques jerárquicos. También se acompañó de la incredulidad de algunos cuando decían “no lo vais a conseguir”, es metalenguaje. Sin embargo, los hechos se hicieron paso. Una vez más, “algo se movía”.
La puesta en marcha en 1992 de un programa europeo Erasmus, con Paul Smeets y Dermot Barnes, fue el inicio de una relación internacional sostenida en el tiempo que propició la implicación en estudios más allá de la equivalencia, semillas en aquella época de lo que sería la RFT. Además, en 1994, se abría paso la literatura incipiente de ACT. Había mucho que hacer: estudios clínicos para tratar de entender qué era aquello de la aceptación. Todo esto condujo a una visita a Reno, en 1999, para mostrar lo que habíamos hecho y valorar si tenía que ver con lo que allí habían hecho. De ahí surgió el texto de ACT, con mi estimado Kelly Wilson en 2002, que todavía circula.
A partir de entonces, ambos aspectos, ACT y RFT, fueron la brújula, una brújula sostenida por la visión funcional y contextual de la conducta humana; un modo de mirar y estudiar que avanzaba con la formulación de reglas científicas, desde las dirigidas a las contingencias y la formación de funciones directas, a la formación de funciones derivadas, las que no conocíamos y que empezamos a conocer como funciones del lenguaje, funciones derivadas del comportamiento relacional. Fórmulas efectivas que describen como funciona la conducta más compleja. Fue un horizonte extraordinario y generador de numerosas emociones, un horizonte retador, frustrante muchas veces, pero alentador y lleno de vida.
No puedo dar crédito a todo este recorrido, a los puntos investigados; desde aquellos trabajos básicos de conducta relacional con aquella niña de 15 meses, para observar cómo se formaba la equivalencia, hasta los trabajos en la transformación de funciones vía comparación, vía oposición, vía jerarquía…; a los estudios de la aceptación del dolor al enmarcarlo en el significado personal; al estudio de las analogías, y al estudio de la exposición a funciones aversivas, basada en la extinción de las mismas y así alterar la evitación limitante. Un punto que merece detenerse siquiera unos minutos.
No funcionó, la extinción respondiente no condujo a la reducción de evitación. No estaban activados y, sin embargo, seguían evitando. ¿Qué pasaba? Tuvimos que cambiar y orientamos a tratar de ver cómo podíamos manejar las conductas de evitación problemática, a sabiendas de que las personas no vamos a dejar de sentir miedo aunque, a veces, no se observe activación psicogalvánica, como en este caso. La publicación de estos estudios fue un proceso difícil. Muchas idas y venidas con editories y revisores que no entendían cómo podíamos afrontar la teoría de los dos factores. Sin embargo, de nuevo, “algo se movía”.
Por otro lado, se sucedían los estudios experimentales dirigidos a entender eso que llamamos defusion, interacciones que miramos desde relaciones deícticas y jerárquicas. Por ejemplo, ¿cómo podemos aprender a sentir y no pegarnos a lo que sentimos, cómo podemos mirar más arriba de ellos, y darnos cuenta que somos algo más que un mero sentimiento en un momento dado. Un gran trabajo con aquellos preadolescentes y el minucioso diseño realizado con Francisco Ruiz.
Sin detenerme en más puntos concretos, sí señalaré el aspecto transversal que poco a poco se fue generando en torno a uno de los comportamientos relacionales, en mi opinión, más sofisticados y necesarios en la condición humana: la conducta relacional jerárquica. Es un modo de enmarcar elementos que integra funciones distintas, incluso opuestas, bajo una función común que aúna las diferencias y que permiten sostener la conducta bajo su control. Un tipo de repertorio que permite que muchos de nosotros, aunque opinemos y sintamos de modo distinto, nos sentemos a hablar y tener un proyecto común. Que permite que un ser humano puede sentir A, sentir menos A, pensamientos y sensaciones opuestas, y no dejarse llevarse por ellas sino “elevarse”, en términos de la experiencia de saber que es uno quien siente una cosa y otra y que hay funciones a otros niveles.
Un repertorio que fue generado y seleccionado en la historia de nuestra especie y que se mantiene a día de hoy porque debe ser útil entre otras cosas, en los diversos puntos que estoy comentando. Es necesario en la formación de las conductas del yo, de lo metafórico, de los múltiples sistemas que rigen nuestro día a día a muchos niveles como empresas, países…, el sistema de uno, que permite responder a principios, a los valores aunque supongan dolor y renuncia. También, para poder entender el humor, y como interactuamos con nuestra propia conducta de modo que podemos sostener pensamientos molestos mientras dirigimos la acción a motivaciones de mayor nivel personal. Y también para entender las redes de pensamientos y emociones que se van generando y que forman la identidad. Y un sinfín de etcéteras…, porque la conducta humana es inmensa.
Abordar todo esto era un baile entre lo básico-aplicado. Nunca nos quedábamos en lo básico, nos preguntarnos ¿para qué sirve?. Y si estábamos en lo aplicado, la pregunta era ¿cómo podemos entender lo que hacemos?. Esto ha confluido en capítulos para abordar el sufrimiento humano y para abordar de modo más preciso las interacciones clínicas entre las conductas del cliente y del terapeuta. Apasionantes conversaciones con mi colega Niklas Törneke.
En resumen, encontrar principios comunes a través de las diferencias ha sido una acción frecuente y es recurrente en distintas disciplinas que conforman el universo. Las leyes científicas han sido efectivas ahí …, ¿por qué no iba a pasar lo mismo en esa parte del universo que es la conducta humana?
La variabilidad conductual, de pensar, de sentir, de creer, de sufrir… no necesita variabilidad explicativa. Parece que, como en otras áreas, cada conducta no necesita un principio distinto. Así, la detección de principios comunes, de leyes que describan relaciones entre elementos distintos, pero que operen sobre funciones comunes. La variabilidad en psicología es inmensa como lo es en el universo al que pertenecemos.
Puede parecer un caos de categorizaciones, de explicaciones, de cientos de terapias, pero la cosa no debe ser tan complicada. Algo falla. Era posible entender patrones comunes a través de topografías distintas, de formas de pensar y sentir distintos, de modos distintos de actuar. Sin embargo, algo se movía que era equivalente de unos elementos a otros. Era posible ver algo transversal a través de distintas terapias.
Al final, emerge algo de orden en el aparente caos que observamos
Mi trayectoria ha sido, sin quererlo, ayudar en esa dirección, sin saberlo, al conectar puntos y luchar por lograr que el caos resulte algo menos caótico e ir salvando lo que se pueda.
Quiero dedicar este honoris causa que se me está concediendo a las muchas personas que han aportado estructura y buenas semillas en este camino.
A mis padres. A mi padre, le perdí a los 29… Si estuviera aquí, sonreiría.
A Jesús, generando muchos de los elementos del camino. A día de hoy, y a pesar de un infarto cerebral hace más de 12 años, ahí está, facilitando todo y evitando que tire la toalla en muchas ocasiones. Ojalá hubiera estado aquí y recoger este premio en su presencia. Sin su ánimo, su humor, su modo de plantar cara a las numerosas piedras halladas en el camino, sin su apoyo cuando él lo necesitaba más, simplemente, no creo que hubiera llegado aquí.
A mis dos hijas. No tengo palabras para expresar todo lo que he experimentado aprendiendo de ellas, con su alegría, su apoyo, su perspectiva… Y también, cuando han sido sujetos experimentales… Ojalá también estuvieran aquí.
A mi nieto, porque estos 11 años han sido luces en el horizonte. Sus juegos, las ocurrencias, no sólo eran diversión, era conexión con muchas cosas. Gracias por traerlo.
Y un toque especial debo a mi hija Bárbara por estos últimos diez años de trabajo conjunto, por su valentía ante tanto, por su perspectiva, por su modo de estar a múltiples niveles…, por haber propiciado el contexto necesario para la transferencia entre lo básico y lo clínico; y por su impacto en la formación de profesionales. Ojalá estuviera aquí.
A los amigos, por los momentos divertidos y por no huir en los difíciles.
A mis colegas a muchos niveles, desde aquellos que con su crítica alentaron mejorar el trabajo, a todos aquellos que, a lo largo de los años, han colaborado de modo sistemático y potenciado con su hacer el Programa de Doctorado de Análisis Funcional en Contextos Clínicos en la Universidad de Almería, el gran semillero donde se han realizado numerosas tesis doctorales:
Y a los actores necesarios de esta obra: los numerosos alumnos, actualmente profesionales y profesores e investigadores con sus propios proyectos de gran resonancia internacional, como es el caso de Francisco Ruiz, en esta Institución.
A todos los que a lo largo del proceso han formado parte de este camino, con sus granos de interés, de aliento, de frustración, de dificultades, y de diversión. A cualquier hora, comiendo, paseando, como fuera… Era un camino de trabajo donde no todo lo que se plantaba, crecía, y había que volver a buscar nuevas semillas, y esperar el fruto, si acaso ocurría. Ellos han sido protagonistas, cada uno a su nivel. Gracias a todos ellos.
Finalizo ya con dos puntos.
Uno. Agradeciendo de nuevo a la Institución Konrad Lorenz este reconocimiento, los llevaré en mi corazón para siempre. Es un reconocimiento que tomo como una muestra del recorrido de hacer ciencia, de avanzar, parar, caer, levantarse, mirar alrededor y volver al camino. Y nunca se sabe lo que va a pasar, es un misterio, como el resto de la vida. Y siempre estará la oportunidad de elegir por donde seguir. Ésa es nuestra herramienta para ejercer la libertad. Y tengo para mí, haberlo hecho con cierta frecuencia.
Y dos. Un mensaje a los estudiantes, a los profesionales, y a quienes se están entrenando en esto de la ciencia… No renuncien a ser exploradores ante cualquier cosa, a hacer un recorrido donde, de vez en cuando, vibre el corazón, donde las piedras sean oportunidades para flexibilizar patrones… Y recuerden siempre que sólo disponemos con certeza de una vida y cada presente siempre da opciones de cambio… El futuro no ha llegado, se hace en cada presente. No está escrito, aunque nuestras reglas, como si fueron consejeros adivinos, nos digan otra cosa.




